Análisis Divergente

LOS JUEGOS DEL HAMBRE
Por: Hebert Tovar | Caracas, 07 de mayo, 2018

 

Con la denominación de Los juegos del hambre conocemos una muy exitosa película norteamericana de ciencia ficción dirigida por Gary Ross,  basada en una novela igualmente exitosa de la escritora Suzanne Collins, que fue estrenada en el mes de marzo de 2012 y que fue protagonizada por Jennifer Lawrence, Josh Hutcherson, Elizabeth Banks, Liam Hemsworth, Woody Harrelson y Donald Shuterland, dando inicio a una saga de tres filmes adicionales igualmente basados en obras originales de Collins.

Toda la saga nos cuenta el devenir de un futuro distópico que transcurre en el territorio de lo que alguna vez fueron los Estados Unidos y que luego de un cierto apocalipsis político, dejó entre las cenizas de la antigua nación, unos restos de civilización conocidos como Panem. La división político territorial de Panem se constituye de 12 distritos donde se organizan los habitantes sobrevivientes de la destrucción del otrora imperio del norte.

La estructura social de Panem es bastante previsible y se conforma por una élite ilustrada, digitalizada, decadente, avara y especialmente cruel, que se  ubica en el Capitolio, centro del poder. Esta clase gobernante de incontenidos se apropia de los pocos recursos que genera el otro sector mayoritario y empobrecido de la población que se distribuye en los 12 distritos. El gobierno del Capitolio se fundamenta en la violencia policial y militar contra la población civil; la propaganda en su modalidad de entretenimiento y el hambre como estrategia de control biopolítico.

Este es el contexto en el cual emerge, como consecuencia natural, una versión libre del antiguo circo romano. Unos juegos anuales en los cuales participan adolescentes y púberes de cada distrito, escogidos por el Capitolio para despedazarse en vivo y directo en una arena cibernética, dinámica e infernal. La diferencia entre la ancestral costumbre romana de presentar la muerte como espectáculo y los juegos del hambre posthistoricos, radica en la función esencial de entretenimiento desempeñada por el circo, que se distancia del terrorismo de estado que supone el sacrificio audiovisual de “tributos”, que es como la élite denomina a las víctimas de su desmesura.

Collins señala que fundamentó su proceso creativo en varias fuentes para desarrollar sus novelas: el mito griego del ateniense Teseo que derrota al Minotauro, el héroe individual que realiza una proeza para el bienestar colectivo; la mencionada y evidente tradición romana del circo de gladiadores; y las memorias de la guerra de Vietnam que le transmitió su padre. A partir de estos elementos la autora dibuja un sistema totalitario del mañana, signado por la violencia político militar, la opresión de la población a través del hambre y la generación de pobreza extrema, como estrategias que garanticen el mantenimiento en el poder de una minoría incapaz de sentir empatía por el otro, imposibilitada para contener sus apetencias.

Como en incontables casos precedentes, el contacto entre la ficción literaria y la realidad, se verifica en Los Juegos del Hambre. Siendo escrita la primera novela en el año 2008, se comprende su acertada caracterización  de los sistemas políticos que dominan a través de la violencia, el miedo y la miseria. Forma parte de la cultura general básica de todo habitante del Siglo XXI, el conocimiento de la barbarie de las dos guerras mundiales del Siglo XX, así como de las Revoluciones Bolchevique, China y Cubana, además de las dictaduras militares sudamericanas y africanas, todas ocurridas, igualmente, en el transcurso del mismo siglo. 

De allí que Collins apele a imágenes, caracteres y situaciones harto conocidas, extraídas de la historia reciente, de las cuales no es necesario identificar su origen, por cuanto habitan en nuestra memoria colectiva: el dictador perverso y cínico, al modo de Pinochet, Idi Amin Dada, Mao o Lenin presentado en la metáfora de Coriolanus Snow; el entorno del poder atrapado en el placer, el exceso, la impostura y la paranoia; la oposición política idéntica en su comportamiento a los opresores; la bota militar pisando fuerte a la disidencia; y la existencia de una resistencia clandestina alejada del espectáculo y las candilejas.

Esta ficción creada por Collins hace referencia a un elemento omnipresente en todos los sistemas opresivos pero que de manera sorprendente suele ubicarse en posiciones de menor importancia al enjuiciar la brutalidad política: el hambre. Desde el titulo mismo de su obra, el hambre está presente de manera transversal en el relato, asentándose en el fondo de manera implícita para desempeñar una función explicativa de la acción de los personajes.

La centralidad del hambre en un relato ficticio de alcance global sobre violencia política, es un gesto intelectual que se agradece, sobre todo cuando tal estrategia de opresión se encuentra en plena ejecución en la irrefutable realidad. Los Socialistas del Siglo XXI, último nombre escogido por los criminales en el poder, luego de haber usado los de “Fasci di Combattimento”, “Soviets” y “Toton Macoutes”, entre otros, reiteran esta forma de violencia en la Venezuela del tercer milenio.

Ya empleada extensamente como procedimiento de exterminio o de sometimiento del adversario desde el asedio de Tiro por Alejandro hasta los guetos polacos de Hitler o los gulags siberianos de Stalin, la privación de alimento es una forma de ataque biológico contra el cuerpo de quien no obedece o ataca, que complementa otros tipos de ataque biológico como la tortura o el asesinato directo. Es, por tanto, una forma de violencia física ejercida por quien tiene el poder de negar el alimento, contra aquel que experimenta su falta, con la finalidad de someter su voluntad.

Desde una perspectiva fisiológica, la eficacia de la privación de alimentos como procedimiento para disminuir la resistencia del adversario, radica en la degradación de sus funciones corporales que limitan su capacidad para comportarse de manera confrontativa: dificultad de concentración, pérdida de la coordinación, fatiga, disminución de la fuerza muscular, afección cardíaca, inflamación articular, sensación de frío permanente, depresión emocional, por solo mencionar algunos efectos notorios.

Como forma de violencia política, el hambre crónica es mucho más eficaz que el asesinato o la tortura, acciones que si bien someten al adversario, también lo inhabilitan de manera permanente o prolongada, impidiendo o dificultando de manera importante, el aprovechamiento de sus capacidades por parte de los opresores. Estas formas de violencia  ejercidas sobre algunos miembros del cuerpo social desempeñan primordialmente una función disuasiva y aleccionadora para el resto de la población.

El juego del hambre, en cambio, presenta múltiples ventajas que superan largamente a las otras formas de violencia: puede ser implementado masivamente durante períodos prolongados, disminuye la capacidad corporal de la población para defenderse coordinadamente de los abusos del poder, al mismo tiempo que preserva la libertad de movimiento y de acción de las victimas permitiendo el aprovechamiento de sus capacidades orgánicas residuales de diversas formas, que van desde la explotación laboral hasta la acción proselitista.

Los venezolanos estamos próximos a las dos décadas negándonos a abandonar nuestra cultura y nuestros valores para someternos a la concepción del mundo que, cual charco de orín de gato, se descompone en las cabezas de los Socialistas en el Siglo XXI, supurando un pestilente hedor a dictadura del proletariado, culto a la personalidad, apropiación indebida de la riqueza nacional por parte del partido y control total de la vida individual.

Esta tozuda negativa nuestra ha sido el móvil para que los partidos de gobierno (MVR, PSUV, SOMOS, PCV, PPT, entre los más abyectos), con el guiño complaciente y dialogante de sus socios de la oposición (AD, PJ, UNT, VP, ABP, entre los más supinos), hayan desplegado progresivamente contra nosotros todo el abanico de la violencia política. Inicialmente la expropiación, la segregación y la exclusión, seguida del asesinato callejero de disidentes, para continuar con la persecución, encarcelamiento y tortura, hasta arribar al juego con el hambre de todos nosotros, con el pretendido objetivo de disminuirnos físicamente e impedir una acción colectiva que los desplace del poder.

Es absolutamente innecesario, cuando no una estupidez, malgastar una cuartilla en la demostración de la destrucción intencional del orden económico del país por parte de los partidos de gobierno, el diseño meticuloso de la hiperinflación y su consecuencia palpable en la escasez, el desabastecimiento y finalmente el hambre. El lector interesado, puede remitirse a cualquiera de los cientos de estudios, análisis económicos y de política pública disponibles dentro y fuera del país, para acceder a tal demostración. Para efectos de la exposición presente, baste este párrafo.

Dado por sentado, el carácter intencional y programado de la generación de los desequilibrios económicos, se comprende su objetivo político complementario más allá de la apropiación de los medios de producción por parte de los partidos de gobierno: el control y sometimiento de los venezolanos a través del hambre.

Es en el espacio íntimo de la familia donde se vivencia y se evidencia en toda su magnitud la violencia ejercida contra los cuerpos de los insumisos. El sacrificio propio para la supervivencia de un ser querido, hijo, padre, hermano. El conflicto abierto con ese hermano, esposa, primo, por el privilegio de consumir el último kilo de cualquier cosa con un precio equivalente a dos meses de sueldo. La imposibilidad de la solidaridad al no poder compartir lo que no existe. El milagro de la solidaridad, al compartir lo que es escaso. La culpa por creer que la falta de comida es responsabilidad propia, un defecto personal, una incapacidad laboral, una irresponsabilidad vergonzosa.

El hambre amenaza con la disolución de los lazos fraternos, afectivos, morales, al tiempo que empuja hacia la tentación de aceptar el soborno del Carnet de la Patria, la incorporación al partido y a los operativos de la carne y el azúcar. Hace viable la transacción delictiva con la cajera del supermercado para obtener “un arroz” o “dos pan harina” a cinco veces su precio en el estante. Ante tal acoso, siempre está presente la alternativa para cesar ese sufrimiento: obedecer los mandatos del partido a cambio de bolsas de comida, conciliar con el abuso a cambio de pan y bonos gratis, dialogar con los fusiles por una arepa o un pollo.

El juego con el hambre en Venezuela además de sus consecuencias fisiológicas y políticas, presenta una dimensión simbólica igualmente perversa que puede denominarse con justeza “hambrismo”. En efecto, en nuestro Panem caribeño con dos Capitolios, uno brutal y otro corrupto, la condición social no se ve en el color de la piel o en el tipo de ropa, casa o carro, sino en la densidad corporal y la hidratación de la piel. De manera que el hambrismo se revela como un discurso que opera con una función de justificación y resignificación de la estrategia de opresión de los Socialistas, Socialdemócratas y Demócrata Cristianos del Siglo XXI, dividiendo a la sociedad en: gordos poderosos, hermosotes exitosos, pendejos enflaquecidos y comebasura.

Desde esta perspectiva hambrista, es natural que los miembros del cogollo social insertos en las redes de tráfico de influencias, de sobreprecios y de estupefacientes, luzcan una saludable y poderosa humanidad con 120 kilos o más. Sea el Presidente de un Consejo Comunal de una barriada popular o el Presidente de la República, un importador de maquinarias o un bachaquero, el factor de identidad de su poder no radica en la cantidad de dinero que tal sujeto posee o en el alcance de sus decisiones, sino en el uso de una especie de batas a modo de gigantescas guayaberas o blusas, para esconder en su interior kilos y kilos de billetes devaluados, en forma de grasa.

El sector propietario, gerencial, comercial, profesional, funcionarial, asesor, consultor, coach, acomodado en los intersticios del aparato económico hiperinflado, se reconoce por su elegancia y falta de vulgaridad, por mantenerse en buena forma, repuesticos y hermosotes como es natural a sus capacidades intelectuales superiores y sus habilidades sociales pragmáticas. Muy diferentes a los profesionales, funcionarios, trabajadores, obreros, empleados, enflaquecidos con 10 o 20 kilos menos, que dan cuenta de una inocultable inferioridad por una pobre educación y escasez de competencias que los torna incapaces de generar alternativas creativas para procurarse las proteínas.  Un sector de pendejos que insisten en trabajar para sustentar sus vidas, en lugar de apelar a la astucia como forma de desempeño laboral.

Y por último, en el piso de la pirámide social, están los comebasura, seres desconocidos de condición moral incierta, a punto de abandonar la clasificación como seres humanos y pasar a ser una nueva especie de animales carroñeros. De los comebasura, la única cualidad evidente, es su incapacidad para una inserción mínima en las interacciones sociales que arrojen como resultado la compra de una canilla de pan por 200.000 Bs. en una panadería, en lugar de comérsela desde el pipote de la basura de esa misma panadería.

El punto central del hambrismo como discurso legitimador de la violencia, lo constituye la atribución del hambre a una natural diferencia individual en la capacidad para procurarse el alimento. De allí se entiende que, quien enflaquece o come basura es por incapaz, por pendejo, pusilánime o anormal. Mientras que quien se mantiene en forma o aumenta su peso, da muestras de inteligencia superior, sagacidad y condición moral privilegiada. Semejante estupidez, oculta la privación de alimentos como procedimiento de ataque biológico contra la población, con fines políticos. Genera además, una tendencia hacia la naturalización de la perversión de las relaciones sociales tanto en el espacio público como privado, producto de una política económica demencial.

Nelson Merentes Díaz y Rodolfo Marco Torres, son responsables por el hambre en los hogares venezolanos, no los padres de cada una de esas familias. Cada vez que Julio Borges, Chúo Torrealba, Ramón Guillermo Aveledo y Henry Ramos Allup, se han sentado a la mesa a comer y a dialogar en el Capitolio de Delcy Rodríguez y Jorge Rodríguez, se han convertido en jugadores con el hambre de los enflaquecidos.

Este ataque frío, desapasionado, planificado y con visión de largo plazo ejecutado contra los venezolanos, cual si fuésemos soldados enemigos a ser sitiados, denota la incomprensión de una regla básica de la guerra que todos los soldados chimbos metidos a administradores de las finanzas públicas leen, pero no entienden dialécticamente y que explica su inminente derrota:

“Sitúa a tus tropas en un punto que no tenga salida, de manera que tengan que morir antes de poder escapar. Porque, ¿ante la posibilidad de la muerte, qué no estarán dispuestas a hacer? Los guerreros dan entonces lo mejor de sus fuerzas. Cuando se hallan ante un grave peligro, pierden el miedo. Cuando no hay ningún sitio a donde ir, permanecen firmes; cuando están totalmente implicados en un terreno, se aferran a él. Si no tienen otra opción, lucharán hasta el final.” Sun Zi


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