Culturales

Diálogo con un asesino
Por: Junior Cortázar | Caracas, 12 de diciembre, 2015

Arturo Rojas es de esas personas que asumen sin ningún problema su condición de asesino. Es un tipo alto, esbelto, bien vestido. En los pasillos lo llaman “El Muñeco”. Muy pocas veces se le ha visto sin traje. Ya es habitual ver su marcha erguida y enérgica embutido en un tres piezas beige, blanco o verde. Nunca usa colores oscuros de día. Cuando no usa chaqueta, se le puede ver una cadena de oro con una medalla de la Virgen del Valle asomando por la camisa entreabierta.  

A pesar de rondar la cuarentena, no usa anteojos. De tez morena reafirmada por un bronceado permanente, tiene una voz bien timbrada y pone un especial cuidado en pronunciar las palabras de manera exacta al conversar, al modo de los locutores de antaño. Con modales sofisticados y mundanos, logra disimular muy bien un remoto origen en algún pueblo del interior, tal vez en Agua de Vaca o Laguna de Raya, que lo traiciona en un casi imperceptible arrastre de la “ere” cuando más que hablar, declama.  

Cuando entro me saluda apretando firmemente mi mano con las dos suyas, mientras me mira directamente a los ojos como si quisiera venderme una póliza de seguros. Mientras me invita a tomar asiento le pide a Rosalba, su asistente, que nos traiga una tacita de café Gourmet Selection “Juan Valdéz” obsequio de una querida amiga de Bogotá, según se asegura en hacerme saber.  

Arturo Rojas: ¿Te fue difícil llegar hasta acá?  

Junior Cortázar: En realidad no. Ya yo había venido antes.  

A.R: A diferencia de la mayoría de mis colegas, yo siempre estoy en buena disposición de conversar con la prensa. Creo que el trabajo de ustedes es de suma utilidad para que el gran público pueda conocer con exactitud la importante labor que realizamos.  

J.C: En nombre del diario que represento y en el mío propio, le doy las gracias por concedernos unos minutos de su tiempo para acercarnos un poco más a las particularidades de su oficio.  

A.R: Para mí es muy grato poder conversar con un excelente profesional como tú. Soy un seguidor habitual de tu trabajo y creo que eres de los pocos que realizan una labor impecable, objetiva y trascendente.  

J.C: Muy agradecido por su amable observación que sin embargo no creo merecer.  

A.R: La modestia es la virtud de los fuertes y de los sabios.    

J.C: Trataré de estar a la altura de esos conceptos, entonces.  

A.R: Estoy seguro que sí.  

J.C: Entre las muchas inquietudes que se despertaron en mí al preparar esta entrevista, está la interrogante sobre el tipo de motivación que puede impulsar a una persona a admitir que es un asesino, mucho más si no se encuentra en prisión o fugitivo de la justicia. La creencia habitual es que los asesinos se mantienen ocultos, clandestinos, para poder atacar a sus víctimas y evadir la justicia. Esta reflexión me llevó incluso a considerar la posibilidad de que quien así se asume, no conozca en realidad el significado de ser un asesino o en su defecto, realice una declaración falsa, tal vez para llamar la atención con segundos propósitos. Le pregunto directamente: ¿es usted realmente un asesino?  

A.R: Tu pregunta deja leer entre líneas el tradicional prejuicio y la natural incomprensión de nuestra profesión, tal vez originados en una sobrevaloración de la vida como si ésta estuviese predestinada a no tener fin, a ser eterna, contraviniendo la naturaleza de los procesos biológicos. De soslayo puede entreverse la habitual asimilación del asesinato con un hecho violento, inmoral e ilegal, su igualación con el delito que corroe los cimientos de la sociedad. Pues, ciertamente, yo quito vidas, mato personas. No lo sostengo como una forma de obtener una ganancia secundaria o como un ardid publicitario. Mi trabajo es matar gente, no como una forma de atacar el tejido social, sino todo lo contrario, como una función que contribuye al normal desenvolvimiento de la vida cotidiana.  

J.C: ¿De qué forma violentar el respeto a la vida puede considerarse una contribución a la preservación de la sociedad?  

A.R: Mi abuelita, que en paz descanse, solía decir en su saber popular, sencillo y contundente que lo único seguro en la vida es la muerte. Todos nos vamos a morir algún día, de alguna manera. Lo que nosotros hacemos es administrar la ocurrencia de un evento inevitable, ocupándonos de tomar una decisión que las personas no pueden asumir por sí mismas. A excepción de los perturbados mentales que se suicidan por su incapacidad para acomodarse en el mundo, la gente normal no se mata, la matamos nosotros. En parte, asumir la responsabilidad de quitarle la vida a los demás, es nuestra manera de contribuir con la sociedad. La gente normal puede seguir llevando su vida habitual libre de responsabilidad y de culpa por cegar la vida de otro. En realidad somos unos medios de expiación y redención. Esa es nuestra responsabilidad social.  

J.C: Me resulta difícil comprender, por qué usted asume que es su potestad decidir hasta cuándo debe vivir alguien. Si la muerte es cierta e inevitable para todos nosotros, ¿por qué usted se abroga el derecho de decidir cuándo debe ocurrir? ¿No le parece que si todos asumimos que tenemos el mismo derecho, terminaríamos matándonos los unos a los otros, hasta que quede el último hombre vivo?  

A.R: Estoy plenamente de acuerdo contigo. Ser un asesino no implica ser un irracional y un loco. Lo que pasa es que sigues anclado a la imagen popular que se tiene de nosotros. En las películas se nos muestra como unos monstruos que acechamos en la oscuridad con un cuchillo para abalanzarnos sobre nuestra víctima inocente y sin motivo ninguno, atacarla violentamente y seccionar algún órgano importante que cese sus signos vitales. Eso no es tan así. En realidad nosotros no matamos indiscriminadamente, ni andamos por ahí cegando vidas inmotivadamente. Tampoco matamos por venganza o pasión. Te explico algo, mis víctimas las escojo luego de un cuidadoso y muy documentado proceso de selección que permita la optimización de los recursos y la obtención del mejor beneficio posible.

J.C: Entonces, si tiene una motivación distinta del beneficio social para sus crímenes, después de todo.

A.R: ¡Pero por supuesto! Nunca te he dicho que no.

J.C: Y si entiendo bien, esa motivación es económica. ¿Mata por dinero?

A.R: No suena elegante, pero, de hecho, sí.

J.C: Estoy tratando de establecer un patrón. ¿Podría decirse que sus asesinatos tienen el objetivo de despojar a las víctimas de sus pertenencias, al modo de un asaltante de caminos?

A.R: Veo que te gusta mucho el cine. Es difícil apartarte de nuestra imagen popular, de los personajes de la gran pantalla. Yo no me veo a mi mismo como un asaltante de caminos. Definitivamente, entre un pirata de carreteras como los personajes de Mad Max y yo, hay un universo de distancia.

J.C: Un universo de distancia. ¿Asesina como negocio, entonces?

A.R: Preferiría decir que mato con un criterio administrativo, más que de negocio.

J.C: ¿Un mercader de la muerte?  

A.R: No, yo no participo en el proceso de comercialización, de eso se encargan las funerarias. Mi participación más bien se ubica en el proceso productivo. No sé si es mi fantasía, pero percibo cierta hostilidad en tu actitud.  

J.C: Estoy tratando de establecer un patrón.  

A.R: Ya. Tal vez si te explico mejor como selecciono a mis víctimas puedas ampliar tus esquemas. El diagnóstico con el que vienen de alguna manera ya establece una preselección, pero definitivamente la edad es el criterio más importante. Nunca mato a nadie menor de 70 años, a menos que la patología sea muy severa. Luego está el tema del seguro, no tenerlo y necesitarlo es un signo que anuncia la premura de la parca.  

J.C: ¿Y luego?  

A.R: Si el paciente tiene un seguro como Qualitas u Horizonte, lo persuado de verse en mi consulta privada, donde hago todo lo posible por hospitalizarlo y hacer un uso adecuado de la cobertura. Si no lo posee, los ingreso por emergencia aquí mismo.  

J.C: Sin embargo, de la clínica regresan al hospital al acabarse el uso adecuado de la cobertura. Aquí es donde mata a ambos tipos de víctima, ¿cierto? Creo entender el criterio administrativo de sus crímenes.  

A.R: Ya vas captando. La mayoría son unos viejitos y de todas formas se van a morir. Por otra parte, el dinero sale del seguro no de sus bolsillos, así que no les estoy generando un perjuicio económico adicional. Los ingresos que percibo de esta forma yo los considero como una compensación por tener que asumir la responsabilidad de matar a alguien que de todas formas ya vivió lo que tenía que vivir.  

J.C: Es una labor humanitaria, por así decirlo.  

A.R: No eres muy bueno con el sarcasmo. Totalmente previsible e inofensivo. Si, por qué no, es una labor humanitaria.  En el fondo, la gente sabe que viene a morir a los hospitales.  

J.C: ¿Es diferente morir a ser asesinado?  

A.R: Esa es una pregunta metafísica. ¿Qué importancia puede tener esa diferenciación?  

J.C: Su pregunta es la respuesta que esperaba.  

A.R: No te entiendo.  

J.C: Eso también lo esperaba.  

A.R: Accedí a darte esta entrevista como te dije al principio, porque respeto tu trabajo y porque supuse una actitud abierta e imparcial de tu parte hacia mi profesión. Sin embargo, te he sentido hostil, sarcástico y prejuiciado. Esperaba un nivel diferente.  

J.C: ¿Siente que necesita mi aprobación?  

A.R: ¡En absoluto! Me siento un tanto decepcionado tal vez, aunque es comprensible que una responsabilidad como la mía genere reticencias y en cierto modo también envidias y recelos. Son circunstancias que se asumen. Después de todo, ¿cuantos asesinos conoces tú que asuman su condición con hidalguía?  

J.C: Uno solo es demasiado para mí. Creo que tiene razón, me he dejado llevar por mis juicios de valor y me he descuidado como comunicador. Discúlpeme, por favor.  

A.R: No te preocupes. Tu reacción es muy común. He aprendido a tener paciencia y a respetar esos sentimientos de la gente.  

J.C: ¿Cómo ejecuta a sus víctimas?  

A.R: Con todo respeto, es una labor casi imposible para alguien no familiarizado con la medicina, en el contexto de esta conversación, comprender los complejos procedimientos que utilizamos para acabar con la vida de nuestras víctimas. Si puedo decirte que la ejecución más que un único evento en el pabellón, la mayoría de las veces es un proceso que implementamos con el tratamiento y que abarca entre uno y dos meses. Por otra parte, por razones obvias, es indispensable resguardar el secreto profesional.  

J.C: ¿Esas razones obvias se refieren a protegerse de la justicia?  

A.R: ¡No, no! Los órganos competentes del estado conocen nuestra labor, la comprenden y la comparten, siempre guiados por criterios de optimización de los recursos destinados a la salud. No tiene sentido ocupar una cama del hospital e invertir un costoso tratamiento en quien tiene una esperanza de vida en el mejor de los casos de 4 o 7 años. Me refiero a mantener a los familiares de las víctimas alejados del conocimiento de nuestros métodos. Es muy riesgoso que un pariente confirme sus sospechas sobre nuestra actuación. Su emotividad podría llevarlos a cometer cualquier locura.  

J.C: Usted no actúa solo ¿cierto?  

A.R: Si, yo actúo solo.  

J.C: Es difícil de creerlo. Los demás colegas, el personal de enfermería, los servicios que realizan los estudios ¿no advierten lo que hace?  

A.R: Te puedo asegurar que no. La responsabilidad es exclusivamente mía.  

J.C: ¿Me asegura que no existe una complicidad institucional con sus crímenes?  

A.R: Veamos. Existe un criterio ampliamente compartido de optimización de los recursos. Ante cualquier rumor de mala praxis, se activa la solidaridad gremial de inmediato. Es posible que alguien advierta lo inadecuado de un procedimiento, la presencia o ausencia de un medicamento, un supuesto error en el quirófano o en la administración de una dosis, pero la indiferencia ante estos hechos no necesariamente es complicidad. No existe manera en que alguien pueda atribuirse el resultado de mi trabajo.  

J.C: Cuando le comentaba que sus asesinatos podrían concebirse como una labor humanitaria, pretendí ser sarcástico, pero en realidad estaba parafraseando a un gran amigo mío, admirador de Maquiavelo, quien veía en éste una cierta benevolencia y sentido humano al plantear que en una guerra había que implementar los actos más crueles y la violencia más extrema contra el enemigo, de manera de terminar la guerra lo más pronto posible y poner fin al sufrimiento de forma perentoria, ¿qué opina de eso?  

A.R: Que es una bolsería. Es lo mismo que decir que se hace el mal para hacer el bien. En mi caso, yo no me planteo si está bien o está mal matar gente. Yo tengo una visión más pragmática: yo mato gente que de todas formas se va a morir y obtengo beneficio de ello. En todo caso, me hace bien a mí. Interesante… Tus planteamientos me han llevado a la conclusión de que en realidad soy un humanista... Muy interesante... nunca me había visto de esa manera...  

J.C: Para mi es … muy… in…teresante, también. Ahora, políticamente ¿cómo se define?  

A.R: Sobre el tema político prefiero no pronunciarme. Por mi ocupación prefiero no arriesgarme a ser víctima de la guerra mediática.  

J.C: ¿Se adhiere a la antipolítica entonces?  

A.R: ¡No, no, no! Yo creo en los partidos, creo que son indispensables para la transformación social y el desarrollo de todas las potencias del hombre. Es solo que por mi condición, yo soy muy respetuoso de las posturas de cada quien y no me gusta avasallar con poses triunfalistas a los demás. De la antipolítica creo que es una tontería, una idea un tanto infantil. En toda sociedad alguien tiene que mandar, tomar las decisiones. El mundo sin la acción política es una entelequia.  

J.C: El poder es el consuelo de la derrota vital, ¿qué me dice?  

A.R: ¿Otra cita de Maquiavelo?  

J.C: No. Se me acaba de ocurrir.  

A.R: Ya. El poder en sí mismo en una evidencia de triunfo, de logro, de realización personal. No veo como pueda ser una señal de derrota. No estoy de acuerdo contigo. En todo caso, sostener tal cosa parece un consuelo para los derrotados.  

J.C: Me rindo, entonces. No puedo con su velocidad mental. Rosalba me comentó que aquí en el hospital le dicen “El Muñeco”, ¿lo sabía?  

A.R: ¡Oh! Si, si, si. ¡Rosalba, Rosalba! Son cosas de las muchachas, tú sabes. Es una forma de cariño. Tenemos un ambiente de trabajo muy cálido aquí en el servicio.  

J.C: Es alentador escucharlo. Por último, Doctor ¿me podría dar su tarjeta privada?  

A.R: ¡Vaya!, me sorprendes. No pensé que te interesara.  

J.C: Si, es que quiero tener bien claro el nombre de la clínica donde trabaja y saber dónde está usted. Es que nunca se sabe y quiero tomar mis previsiones.  

A.R: Ya. Aquí la tienes. Pero, ¿cuántos años tienes tú?  

J.C: No se preocupe. Mucho menos de 70. “Urología y Nefrología”. Perfecto.  

A.R: Por el otro lado tienes los datos de aquí del hospital. Las hice así porque es más práctico.

 J.C: “Hospital Domingo Luciani”. Okey, perfecto. Muchas gracias por atenderme. Ha sido una conversación que me costará olvidar.  

A.R: Estoy para servirte. Gracias a ti.

 


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