Culturales

Diálogo con un misógino
Por: Junior Cortázar | Caracas, 01 de febrero, 2016

El diccionario de la Real Academia Española define a un misógino o misógina, como a aquella persona "que odia a las mujeres, manifiesta aversión hacia ellas o rehúye su trato". Sin embargo, el diccionario no aclara, y es lógico que no lo haga puesto que es un diccionario, las razones por las cuales alguien pudiese desarrollar tan particular postura ante el género femenino. De hecho, no suele repararse habitualmente en la existencia de personas con esta tendencia. A pesar de ello, el impacto de los misóginos en la historia del pensamiento, la política, la cultura y una gran diversidad de áreas del quehacer humano, justifica escarbar un poco en su naturaleza, tal vez para redimensionar el alcance de sus obras y sus actos.

La costumbre ha señalado tradicionalmente a personas de indiscutible influencia pública en sus respectivas épocas, como misóginos: Aristóteles, a quien se le atribuye haber definido a la mujer como un "hombre inferior"; Confucio, quien encontraba la causa de la obediencia de la mujer al marido, en su estupidez de carácter; Pitágoras, quien ubica a la mujer en el mismo lado en que se encuentran el caos y la oscuridad; Martin Lutero, para quien la mujer era como un hierbajo, muy lejos de un buen cultivo; León Tolstoi, que le atribuía el origen de muchos desastres al carácter disoluto de las mujeres; Arthur Schopenhauer, quien con una visión un tanto evolucionista sostuvo que "la mujer es un animal de cabellos largos e ideas cortas"; Friedrich Nietzche, a quien no se le conoce un segundo intento amoroso luego de su infructuoso lance sobre Lou Andreas Salomé; Adolf Hitler, formulador de la moral de las tres "k" que establecía el rol femenino en tres lugares precisos, "kinder, kuche, kircher", con los niños, en la cocina y en la iglesia; Pablo Picasso, cuyas conocidas tendencias sádicas hacían blanco en sus parejas; Juan Vicente Gómez, quien no dormía con mujeres porque se le pegaban malas mañas; Simón Bolívar, quien después de viudo, nunca se casó, ni tuvo descendencia, ni siquiera con la esposa de otro, así fuera doctor.  

No obstante la relevancia del síndrome a lo largo del tiempo, existe una paradoja con respecto a su visibilidad pública. La historia, como se ha visto, es pródiga en la reseña de casos de esta peculiar actitud ante la vida, casos muy notorios. Pero, el hecho concreto e inmediatamente disponible en la experiencia, es que ninguna persona se autodenomina de esa forma, a diferencia de quien se asume demócrata o anarquista, cristiano o budista, vegetariano o carnívoro. La práctica que en efecto se recoge de la realidad, es que la clasificación en esta categoría, parece ser realizada exclusivamente por terceros, sean éstos personas jurídicas o naturales. Tal eventualidad dificultó sobremanera la ubicación de al menos un misógino para poder conocer un poco más las motivaciones de este grupo humano, hasta que la gentil colaboración del Centro de Estudios de la Mujer (CEM), le suministró a este diario las señas particulares de uno de los sujetos registrados en sus bases de datos, aclarando que no nos proporcionaría ninguna información adicional. Como corresponde al periodismo de investigación, la data recibida del CEM, fue confirmada con otra fuente igualmente autorizada, el Instituto Nacional de la Mujer (INAMUJER), el cual luego de reticencias y complejas negociaciones con este diario, procedió a validar la información.  

El trabajo minucioso rindió sus frutos y finalmente pudimos concertar una entrevista con Carlos Azpúrua, quien muy sorprendido accedió a conversar con nosotros, principalmente para saber quién y por qué, lo clasificó de esa manera. Carlos es una persona de expresión hosca y un tanto huraña, de unos sesentitantos años, se ve muy bien para su edad. No tantas canas en un pelo indio, otrora lustroso, de mirada incisiva que devela un carácter fuerte y unas ideas firmemente establecidas. Con una barba meticulosamente descuidada, probablemente para reafirmar su cualidad combativa e inconforme. De complexión atlética y estatura un poco sobre el promedio, exhala energía y firmeza en todos sus movimientos.  

Junior Cortázar: Quiero darle las gracias por acceder a conversar con nosotros y así poder acercarnos un poco más a la comprensión de la misoginia.  

Carlos Azpúrua: Ya te lo dije por teléfono. ¿De dónde sacaste tú que yo le tengo rabia a las mujeres?  

JC:En otra época me hubiese acogido a mi derecho como periodista de no revelar la fuente de una información de interés público, pero, tal y como están las cosas, se lo digo. La información me la suministró el Centro de Estudios de la Mujer.  

CA:¿Ese es el de la Universidad Central?  

JC: Si, precisamente.  

CA: ¡Con razón! Cristina no me perdona, después de tantos años.  

JC: Si me disculpa Carlos, no me gustaría particularizar los eventos que vamos a analizar. Estoy más interesado en poder identificar patrones o esquemas generales que permitan generar conocimiento cualitativo sobre el tema que nos interesa. En verdad me gustaría que los detalles personales de sus contingencias vitales quedasen al margen de la conversación.  

CA:¡Coño! Una mujer resentida es más tenaz e implacable que un Guardia Nacional golpeando estudiantes.  

JC: Eso es interesante, ¿la violencia es un rasgo femenino, en su opinión? ¿Son atemorizantes las féminas?  

CA:No, no, en realidad no. Al menos no físicamente. Contradictorias, si.  

JC: ¿Tienen vaginas dentadas, como ha sugerido alguien alguna vez?  

CA:¡Ja, ja! No, mira, ya que estamos aquí, déjame decirte lo que yo pienso, parte de las cosas por las que discutía con Cristina hasta que nos separamos. Yo no les tengo ni rabia, ni miedo a las mujeres, es solo que no me dejo joder por ellas. Bueno, ni por las mujeres, ni por nadie, ¿tú me entiendes? Lo que yo no me calo es el doble discurso que criminaliza en el hombre lo que justifica en la mujer.  

JC: ¿Como por ejemplo?  

CA:¡Bueno vale, como la maternidad irresponsable! Resulta que en este país las mujeres tienen la costumbre de preñarlo a uno sin su consentimiento con la intención de amarrarlo. Te hacen unos cariñitos por aquí, unos cariñitos por allá, y como uno no es de hierro, cae, y sin el sombrerito, a rin pelao ¿tú me entiendes? O te dicen que están tomando la pastilla y es mentira. Y después, el boleto premiado, una barriga que tú nunca quisiste y que solo la quiso ella por las razones que sean: para asegurarse la papa de un marido a juro, porque se les está pasando la hora, por la trascendencia, o que se yo que peo mental. El hecho es que irrespetan nuestra decisión de querer escoger cuándo y con quién deseamos tener chamos, o no tenerlos nunca. Entonces, irresponsablemente, en un acto autoritario y vanidoso, deciden traer al mundo a esa criatura que evidentemente no deseó su padre forzoso. Algunos pendejos se someten a semejante abuso. Y los que no se dejan joder por completo, después de usados y violentados, se convierten por arte de magia, en padres irresponsables, ocultando la verdadera irresponsabilidad materna.  

JC:Veamos… ¿Lo que usted está diciendo es que la maternidad es un acto motivado por una vocación autoritaria? Si eso es así, ¿Cuál sería una alternativa menos despótica a la procreación? ¿O acaso nos extinguimos como especie entonces, para respetar la inmadurez masculina que no le permite asumir la responsabilidad de hacerse cargo de otro, más que de sí mismo? ¿No es ese planteamiento una apología narcisista?  

CA:No entendí la mitad de lo que dijiste, pero lo que sí creo es que la humanidad no se va a extinguir porque las mujeres dejen de procrear padres irresponsables. Lo que tienen que hacer es comportarse como unas mujercitas grandes y parirle solo a quien esté de acuerdo en hacerlo. ¡Mas nada, chico! ¡Respeta para que te respeten! Ahora, en la mayoría de los casos, quien impone la procreación del chamo es la mujer y el hombre no pinta nada en esa decisión. Por eso la maternidad y el autoritarismo van juntos, no solo por la forma en que se da, sino porque ese nuevo ser se convierte en el receptor de toda la vocación de poder de la madre, y en casos más desdichados, también del padre.  

JC: ¿Puede ampliar un poco ese planteamiento, por favor?  

CA:Mira chico, no creo que yo sea ni el primero, ni el único que se ha dado cuenta de que las mujeres le dan salida a toda su necesidad de mandar y de controlar a los demás a través de los hijos. ¡Eso es una maravilla! Con la excusa de que los carajitos tienen que aprender a caminar, a vestirse, a no hablar con la boca llena, amarrarse los zapatos, leer y muchas otras vainas para que no sean unos extraterrestres en la vida, las tipas gozan una bola sintiéndose poderosas al ver como hay unos seres en el mundo totalmente sometidos a su voluntad. Los hijos para las mujeres, son como el pueblo para un dictador, gente que tiene que obedecer por su propio bien.  

JC:Hay una conclusión algo insólita que se desprende de lo que usted está diciendo: las dictaduras son femeninas. ¿Es así?  

CA:¡Pues, será! Fue solo un ejemplo. Pero viéndola desde allí desde donde tú la ves, tiene sentido. El déspota trata al ciudadano como si fueran sus bebés de pecho, dependientes y absolutamente incapaces de dirigir su propio comportamiento. O también podría ser que uno el hombre, como no experimenta el poder filial tan intensamente como la mujer, es decir, uno no da teta, ni es uno el que pare, entonces, uno el hombre, tiene que darle salida a su vocación autoritaria mandando sobre los demás y no sobre los hijos. A lo mejor es por eso que la mayoría de los dictadores son hombres y no mujeres.  

JC:¿O tal vez sea que todo dictador se somete a una hembra poderosa?  

CA:¡Coño chico, no me extrañaría!  

JC:Ahora, ¿además de la obvia preservación de la especie, ve usted algo bueno en la maternidad?  

CA:En la maternidad irresponsable, no. La otra cosa para la que sirve, además de producir hijos abandonados, es para la expropiación legítima, o sea, los vástagos se convierten en la justificación perfecta para dejar al hombre sin casa, sin carro y sin dinero, cuando decide que quiere recuperar la dirección de su vida. Esto les suele pasar a los pendejos que no solo se dejan montar un muchacho contra su voluntad, sino que además se casan con su perpetradora. Luego, cuando ya no se la calan más y dejan el pelero, entonces son despellejados sin misericordia, con la excusa de que sus bienes son necesarios para la crianza de sus hijos que nunca quiso y que, sobreentendidamente, quedan bajo la responsabilidad de la abusadora. Ahora, hay que estar claros, de alguna manera existen mujeres que por un desarrollo muy particular de su vida, por su educación o simplemente por su condición moral, no ejercen la maternidad irresponsable sino que prefieren ser madres solteras autoadministradas. Pero, lamentablemente, esa es una minoría, casi una rareza.  

JC:Veo que centra mucho su análisis en la condición autoritaria de la maternidad ¿Y qué pasa con las mujeres que no tienen hijos, son también dictadoras?  

CA:¡Depende! Si la mujer no tiene hijos porque decidió no tenerlos, puede que esa decisión obedezca a un altísimo grado de conciencia sobre sus condiciones de vida, sobre ciertas tuercas desajustadas en la cultura y cierto compromiso profundo consigo misma. No creo que haya cabida allí para una actitud aprovechadora hacia el prójimo. Ahora, si la falta de hijos es porque se le han presentado limitaciones de cualquier tipo en contra de su voluntad, entonces la realización de su ansia de poder, presenta un déficit. Esas son las más déspotas y mandonas. Al no tener un pueblo cautivo a quien gobernar, viven mandando sobre todos y sobre todo, especialmente sobre uno el hombre.  

JC:Entonces, ¿no existen parejas armoniosas y respetuosas el uno del otro, que procreen de mutuo acuerdo?  

CA:En lo que llevo de vida conozco un solo caso. El de mi tío Fernando que lleva como siete en fila, todos buscados y acordados.  

JC:Tal como está planteando la situación pareciera que existe una especie de hombre maltratado, víctima de esa práctica que usted describe.  

CA:¿Hombre maltratado?  

JC:Si claro, una persona que es violentada en sus decisiones y expropiada del producto de su trabajo, que además es estigmatizada socialmente como irresponsable, tal como usted lo plantea, evidentemente está siendo víctima de maltrato.  

CA:Por supuesto, sí, eso está clarísimo para mí. Lo que pasa es que me sonó raro que lo plantearas precisamente con esos términos. Estoy tan acostumbrado a escuchar a Cristina hablando de las mujeres maltratadas, que el marido les cayó a coñazos, que las insultó y otra serie de cosas violentas, que volví a asociar maltrato con violencia física y como algo que le hacen los hombres a las mujeres, no al revés. De hecho, uno de los peos que tuve con ella, fue precisamente porque quería que yo la ayudara con un micro denunciando el maltrato psicológico hacia la mujer. Yo le decía que no me iba a prestar para seguir haciendo ver que los únicos que maltratamos somos nosotros y que los abusos de ellas siguieran ocultos. ¡Para qué fue eso, compadre! ¡Ardió Troya! Eso fue que me comió y me vomitó. Lo más bonito que me dijo fue “tarifado” y “mercenario”.  

JC:Entiendo que Cristina fue su pareja y que trabaja en el CEM, pero le agradecería que no continuara haciendo referencia a su persona ya que pareciera que sus planteamientos están sesgados.  

CA:¡Disculpa vale, pero tú comprenderás! ¿no? De hecho, mientras hemos estado hablando, creo haber recordado que ella ya no está en el CEM, sino en otro sitio, pero es allí, en el Centro Comercial Los Chaguaramos, de eso si estoy seguro.  

JC:Carlos ¿usted se considera víctima de maltrato?  

CA:¿Perdón?  

JC: ¿Qué si usted considera que ha sido maltratado alguna vez por una mujer?  

CA:¡Bola baja! ¡De vainita no me dejaste ponchao! Mira, por mi carácter yo no acostumbro a guardarme las cosas, ni a aguantar pendejadas. Te confieso que si he discutido con mis parejas, nos hemos dicho vainas fuertes, pero nunca le he puesto la mano encima a ninguna mujer, ni ellas me la han puesto encima a mí. Ahora, violencia psicológica… ¿Qué te digo? Ha habido casos…  

JC:¿Como por ejemplo?  

CA:¡Bueno! En una de mis relaciones después de Cristina, estuve con una psicoanalista lacaniana, ella solía aplicarme una que llaman “agresión pasiva” que ella misma me la explicó. La tipa cuando estaba arrecha, simplemente hacía como que si yo no existiera, no me hablaba, no me miraba y si yo le preguntaba si le pasaba algo y si estaba molesta conmigo, lo negaba y me hablaba con una supuesta naturalidad, como si ella no estuviera sintiendo la rabia que en realidad tenía. Después, cuando le daba la gana, me volvía a hablar como si nada.  

JC: Pero Carlos, eso no parece maltrato, más bien parece una situación típica de una relación de pareja.  

CA:¿Ah no? Pero duele como si fuera un coñazo.  

 JC:Pero no lo es y un golpe de verdad duele más. Probablemente usted sea un poco hipersensible.  

CA:Bueno, te confieso que cuando hacía esas vainas y además me hacia quedar mal con sus amigos y con su familia, me provocaba estrangularla. Yo no sabía cómo defenderme de sus truquitos, lo que hacía era ponerme como un diablo y pegarle gritos.  

JC:¿Cuáles truquitos?   

CA:Mira, yo no soy un pico e’ plata, pero tampoco soy bruto. La tipa con su verborrea y con su supuesto dominio de la verdad absoluta, vivía insinuando, en dos platos, que yo era un flojo, inculto, inmaduro y en una ocasión, frente a sus amigas, hasta llegó a dejar entrever que era poco hombre ¿tú sabes? o sea, que ya no le servía ni pa’ el arranque. En otro período que estuve corto de dinero, mientas esperaba que se concretara un proyecto con Bolívar Films, se dedicó a aparentar ante todo el mundo que yo era un chulo y que ella me mantenía por lástima. Ella lo hacía todo nebuloso, difuso, con la suficiente claridad para que todo el mundo entendiera, pero lo suficientemente ambiguo para que yo no pudiera demostrar que me estaba jodiendo. Una sonrisita, una miradita, un tonito de voz, un chistecito. Después, cuando yo le reclamaba y empezábamos a discutir, nunca admitía lo que había hecho y me hacia quedar como loco a mí. Decía que yo estaba cayendo en “imaginarios” y que estaba “proyectando”. Yo agarraba unas madres arrecheras, que me empezaba a doler la cabeza y después no podía dormir. Ahora que lo pienso, de repente ese tipo de vainas son las que, cuando hay una gota que derrama el vaso, hacen que a algunos tipos se les vuelen las chapas y como último recurso para detener la jodiendita, le arrecuesten una pescozada a la agresora.  

JC: ¿Está usted justificando la violencia doméstica?  

CA:¡Hummm! Creo que no. Lo que estoy es comprendiéndola, por primera vez después de tanto tiempo. Pareciera que hay dos tipos de coñazos en las parejas: los visibles que dejan magullado el cuerpo y los invisibles que dejan magullada el alma. ¡Mira, vale! La tipa era tan hija de puta, que a pesar de que yo siempre le decía que detestaba a los adecos, por ladrones, mentirosos, manipuladores y por ser los culpables del descrédito de la democracia y de estos quince años de dictadura light que hemos estado viviendo, ¿tú sabes lo que hizo la tipa?  

JC: No me lo imagino.  

CA:¡Pues me llevó engañado a dictarle una conferencia a la Juventud de Acción Democrática! ¡Coño, si eso no es un irrespeto y una agresión, dime tú qué carajo es entonces!  

JC:¡Bueno, no es para tanto! Tampoco es un hecho grave. ¿No le parece que está siendo un poco intolerante?  

CA:Exactamente lo mismo me dijo ella y por eso no la toleré más y la mandé pal coño. Además, ya me tenía harto del sexo instrumental.  

JC: Primera vez que oigo esa expresión. ¿Qué es el sexo instrumental?  

CA: Seguro que si sabes que es. Te debe haber pasado. Es cuando ellas usan el sexo, no como un fin en sí mismo, para el placer, sino como un medio para alcanzar un objetivo.  

JC:¡Ah!  

CA:Cuando la tipa necesitaba algo de mí que sabía que yo no querría hacerlo, me sometía a una singazón divina como por dos semanas. Accedía a las vainas mas cochinas que se me ocurrieran y hasta inventaba algunas ella misma. Te confieso que eso era lo más sabroso. Después cuando me tenía bien blandito, me la lanzaba descuidadamente, viendo televisión un domingo por la tarde: “Mi amor, ¿por fin pudiste hablar con Ixora Rojas para el videíto de mi mamá? Ella está muy ilusionada” Y yo caía como un pendejo. Me decía para mis adentros que después de habérsela metido por todos los agujeros del cuerpo y de haber hecho marramucias en las escaleras del edificio, en el supermercado y en el baby shower de su jefa, no me le podía negar.  

JC:Eso no parece muy doloroso, ni humillante.  

CA:Se nota que nunca has tenido que calarte a Ixora Rojas hablando de sí misma y de las razones por las cuales debe ser presidenta del país, otra vez. Es como si agarraras lo fea y pedante de Cilia Flores, lo mezclaras con lo arrogante y aburrida de Sofía Ímber, y lo montaras todo sobre el copete de Sonia Sgambatti, eso es como un Diazepam pasado con Emulsión de Scott. Para un tipo como yo, que vengo de la vanguardia, es lo más cercano que existe a la tortura por privación del sueño. Y después de acceder a sus manipulaciones, ¡aquel ratón moral! … Por eso fue que decidí pensar con la cabeza de arriba y terminé con esa relación.  

JC: ¿Hay algunos otros recuerdos gratos de sus relaciones de pareja que no sean sexuales?  

CA:No. Pero, mira, la otra cosa que quería mencionarte que hacen las tipas y que es muy perjudicial e inadvertido, es el ejercicio del poder por control ambiental. Antes de que me preguntes que es eso, te explico. Las tipas se apoderan del medio ambiente en que tú habitas y controlan totalmente el espacio y el tiempo. Lo llenan todo de adornitos y perolitos inútiles que no te dejan espacio para poner tus libros, tus discos y tu colección de cámaras Olympia. Se atribuyen la potestad de decidir dónde van tus interiores, tus documentos personales, tu cepillo de dientes, tu minilaptop, tus lentes, tu celular, tus llaves, ¡toda vaina queda a discreción de su voluntad!  

JC:No entiendo a dónde quiere llegar. ¿Qué relevancia puede tener eso para alguna cosa?  

CA:Yo pensaba lo mismo y por eso no le prestaba atención a esas minucias. “Vainas de mujeres”, decía yo, por su manía de andar acomodando todo. Hasta que un día que necesitaba urgentemente unos guiones que tenía en la minilaptop, el bendito aparato no aparecía por ninguna parte. No estaba sobre el escritorio, donde se suponía que debía estar, ni en la biblioteca, donde parecía razonable que estuviese. En ninguno de los sitios donde cualquier ser normal pensaría que puede estar un aparato como ese, estaba. Cuando intenté comunicarme con Cristina para preguntarle donde coño había escondido mi vaina, estaba desconectada, reunida quien sabe donde carajo con un poco de viejas hablando paja de los hombres. Total que no pude tener los papeles a tiempo, no pude reprogramar la reunión con la gente de la Villa del Cine y perdí el chance de trabajar en mi primer proyecto como Productor Nacional Independiente.  

JC:Parece una eventualidad de la vida cotidiana que puede ocurrirle a cualquiera.  

CA:¡Hasta ahí quería llegar yo! Precisamente a lo cotidiano. Esa manía de decidir la ubicación de cuanto perol hay en una casa, incluidos los de uno, así como los horarios para comer, para dormir, para tirar, etcétera, etcétera, etcétera, termina controlándolo a uno de manera indirecta e inadvertida. Yo perdí una oportunidad de negocio por no tener el dominio sobre una vaina tan sencilla como es el lugar donde yo necesito que estén mis implementos de trabajo. ¿Tú sabes donde metió la laptop la tipa? En el armario donde van las medias, porque ahí estaba más segura que en el escritorio donde se podía caer y dañarse. ¡Hazme tú el favor! Cómo si ese aparato tuviese voluntad propia y vocación suicida para lanzarse, él solo, al piso. Total que a partir de ahí fue que empecé a comprender que el afán de ordenar la casa como ellas quieren, es otra forma de ejercer su poder, o sea, “esta vaina va aquí porque yo digo” o “porque aquí se ve más bonita” y como eso a uno siempre le ha parecido una pendejada, uno no se mete en ese peo y termina perdiendo el control de sus cosas y de su vida.  

JC: Carlos, permítame decirle que su forma de ver las cosas me resulta un tanto inusual y me da elementos para comprender porqué en el CEM y en INAMUJER lo tienen en una base de datos de gente que odia a las mujeres. Sin embargo, casi todo lo que me ha dicho no es sobre las mujeres en general o sobre sus parejas, sino sobre una en particular. Le pido nuevamente que, por favor, deje a Cristina a un lado y me diga: ¿en definitiva, se considera usted o no un misógino?  

CA:¡Chico, de verdad que yo creo que no! Que uno no se cale los maltratos de dos o tres abusadoras o que rechace intensamente la violencia, desfachatez, cinismo y corrupción de algunas figuras femeninas notorias como María León, Lina Ron, Luisa Ortega Diaz, Luisa Estela Morales o Tibisay Lucena, no lo convierte a uno en un enemigo de género. Es comprensible que  cualquier persona más o menos normal y ajustada a la realidad, no esté precisamente bailando en una pata de la felicidad por los atropellos de estas damas. Así que, yo te diría honestamente que no.  

JC: Si eso es así, ¿cómo cree usted entonces que podrían mejorar las relaciones entre hombres y mujeres, vistos los, al parecer, descomunales escollos con que se enfrentan?  

CA:Mira, yo te voy a ser sincero. Eso no tiene solución. Las mujeres seguirán haciéndose las víctimas y las débiles, seguirán jodiendo a media humanidad con sus truquitos y con el cuento de que son madres. El argumento de que el bienestar de sus hijos justifica cualquier cosa, seguirá siendo la coartada perfecta para ocultar su vocación de poder. Los hombres seguiremos intentando no dejarnos joder por ellas, al mismo tiempo que tratando de convivir con ellas. ¿Qué te puedo decir?  

JC:Pero usted me dijo hace un momento que existen algunas mujeres con un profundo compromiso consigo mismas y con una alta conciencia de las pautas culturales contradictorias que regulan su inserción en la sociedad.  

CA:¿Yo te dije eso?  

JC:Bueno, palabras más, palabras menos, pero esa es la esencia de lo que le entendí.  

CA:Mira, tal vez si tomaran conciencia del uso instrumental de la maternidad y del sexo, podría abrirse un espacio nuevo e interesante a las relaciones mutuas. A lo mejor, en la medida en que vaya desapareciendo del imaginario colectivo la noción de los hijos como instrumentos de dominio, empezamos a respetarnos más.  

JC: Me tranquiliza escucharle eso. ¿Hay esperanza entonces?  

CA:Tiene que haberla. ¿No te parece?  

JC: Ciertamente que sí. Suerte con Cristina.  

CA:¿Cristina? Pero si hace años que terminé con ella y no la puedo ver ni en pintura.  

JC: Por eso. Mucha suerte.  

CA:¡Okey, vale! Gracias de todas formas.

 


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