Economía

ESCOTET Y LA CONVERGENCIA NARRATIVA DE LA BANCA
Por: Hebert Tovar | Caracas, 16 de abril, 2018.
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Hace mucho tiempo que no tengo la línea telefónica asociada a mi cuenta corriente de Banesco sino un número viejo que ya ni recuerdo. He intentado de todas las formas posibles cambiar el número telefónico viejo al nuevo, incluyendo la gestión ante una promotora en la agencia El Recreo, donde aperturé mi cuenta. Luego de un día haciendo la cola finalmente mi solicitud fue atendida y culminé el proceso mediante una llamada telefónica a un robot del Centro de Servicios.

Sin embargo, mi cuenta continúa asociada al teléfono anterior al cual le llegan los mensajes con las claves para operaciones especiales como transferencias en línea, cambio de datos personales, registro de destinatarios y similares. En consecuencia, no puedo registrar cuentas nuevas, ni hacer transferencias en línea, tampoco puedo emitir cheques, porque el banco no entrega chequeras, solo puedo retirar por cajeros electrónicos el monto equivalente a un pasaje en trasporte público. Es decir, el banco ha secuestrado mi dinero por tiempo indefinido.

Al intentar enviar un reclamo a través de la página del banco, el formulario está configurado de manera tal que al intentar enviar el mensaje con cualquier texto, incluso, sin ninguno, arroja el error “Caracter invalido”, con lo cual el banco no recibe formalmente ningún reclamo y por tanto no se da por enterado de la situación irregular.

Cuando intenté comunicarme con un ser humano por teléfono para que develara ante mí el procedimiento secreto para poder usar mi dinero, luego de cuatro horas de intentos recursivos, el resultado fue siempre el mismo: se me interpuso otro robot repitiéndome implacablemente que los operadores estaban demasiado ocupados haciendo quien sabe qué, como para atendenderme.

Cuando volví a la agencia de El Recreo, único lugar del planeta autorizado para atender mi situación, me encontré de nuevo con más de cien personas por delante de mí que estaban siendo atendidas parsimoniosamente por una sola promotora. Evidentemente, desistí para hacer un repliegue táctico y evaluar la situación.

Juan Carlos Escotet, probable artífice de la integración de la banca con las artes escenicas y literarias.

 

Fue entonces cuando un rayo luminoso me cayó en el cogote y me hizo comprender mi situación: seguramente Juan Carlos Escotet Rodríguez, dueño de Banesco, quién probablemente, ante su vasta fortuna, su buen plante y buenmozura, el asedio de bellas féminas reinas de belleza, el disfrute de los deleites que permite el oficio de magnate, tal vez acosado por el tedio que produce el logro de todas las metas, el alcance de todos los éxitos, le dio por trazarse nuevos desafíos, retos más exigentes y decidió meterse a escritor, intentanto emular y superar al Kafka de El Proceso , al Terry Gilliam de Brazil.

Seguro que Escotet, cual Nerón tropical del Siglo XXI, está intentando un happening que supere la quema de Roma como propuesta teatral, un reality show, una obra maestra donde las personas, los ciudadanos, somos los intérpretes inconscientes de la trama urdida por el prestamista fabulador. Yo no soy yo, mis circunstancia no es la mía, soy solo un personaje salido de la pluma del banquero, una pelusa en el viento, movida aquí y allá para el solaz del Presidente de la Junta Directiva de la Banca Comunitaria.

La angustia generada al necesitar medicinas y no poder pagarlas, la vergüenza ante un plomero frente a mí, mirándome despectivamente como acusándome de tramposo, de maula estafador, un sentimiento oscuro y taimado naciendo en mi interior que me lleva a pensar en niples, C4 y temporizadores, todos esos, no son sino eventos que cumplen la función de hacer interesante el relato para quien lo crea y disfruta al mismo tiempo, en un esfuerzo de convergencia narrativa.

Una vez que comprendí mi cualidad de personaje nadando en alguna neurona de la región temporo-parieto-occipital del hombre fuerte de la banca libertaria, comprendí que la única opción para mí era rebelarme de la trama de quien me escribe, zafarme de las líneas de mi guión, jubilarme de la ficción creada por otro, para mí, e invadir la realidad, cual Tom Baxter saltando de la pantalla de una sala de cine en La Rosa Púrpura del Cairo. Por eso, el viernes saco todo mi dinero de la “dimensión desconocida” mediante un cheque de gerencia y lo deposito en el Banco Mercantil, esperando que en éste último, los Vollmer, Brillemburg y Capriles, tengan menos vena literaria que el usurero de pelo engominado.  ¡Corten! Se imprime.


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